Interocepción. La sabiduría silenciosa de tu cuerpo

¿Te ha ocurrido alguna vez sentir un nudo en el estómago sin saber muy bien por qué? ¿Notar que tu corazón se acelera antes incluso de comprender qué está sucediendo?

A menudo, el cuerpo comienza a responder antes de que la mente consiga poner palabras a la experiencia.

Sin embargo, vivimos tan pendientes de las obligaciones, los pensamientos y los estímulos externos que pocas veces nos detenemos a sentir qué está ocurriendo dentro de nosotros. Respondemos, producimos y gestionamos casi automáticamente, pero no siempre nos hacemos una pregunta tan sencilla como importante:

¿Cómo estoy realmente?

Interocepción: sentirte por dentro

La ciencia denomina interocepción a la capacidad del sistema nervioso para percibir, interpretar e integrar las señales que proceden del interior del organismo.

Gracias a ella podemos percibir el ritmo de nuestra respiración, los latidos del corazón, la tensión muscular, el hambre, la sed, el cansancio, el nivel de energía o las sensaciones corporales que acompañan a nuestras emociones.

Algunas señales son evidentes, como un dolor de estómago o una contractura. Otras son más pequeñas: una respiración más superficial, una ligera presión en el pecho o un cambio en nuestro nivel de energía.

También existen sensaciones más sutiles que nos indican que algo nos inquieta, nos tranquiliza, nos resulta incómodo o necesita nuestra atención.

La interocepción es una capacidad que todos poseemos, pero que no siempre cultivamos conscientemente.

El cuerpo también influye en cómo nos sentimos

Normalmente pensamos que todo comienza en la mente: interpretamos una situación, generamos determinados pensamientos y, como consecuencia, sentimos una emoción. Y es cierto que nuestra manera de pensar influye en cómo nos sentimos. Pero la relación también funciona en sentido contrario:

el estado del cuerpo influye en nuestra mente y en nuestras emociones.

La respiración, la postura, la tensión muscular, el ritmo cardiaco o el movimiento forman parte de nuestra experiencia emocional. El cerebro no trabaja de manera aislada, sino que integra continuamente información procedente del resto del organismo.

Por eso, cuando estamos preocupados y salimos a caminar, algo puede empezar a cambiar. Quizá el problema continúe ahí, pero respiramos de otra manera, disminuye la tensión y lo que parecía enorme comienza a verse desde otra perspectiva.

No siempre hemos pensado mejor. En ocasiones, el cuerpo ha cambiado y la mente le ha seguido.

Es difícil regular aquello que no percibimos

Muchas veces intentamos calmarnos únicamente desde la cabeza. Analizamos, buscamos explicaciones y nos repetimos que todo está bien. Pero mientras tanto, el cuerpo puede continuar en alerta: los músculos tensos, la respiración corta y el corazón acelerado. Para regular una emoción, primero necesitamos reconocer que está ocurriendo algo dentro de nosotros.

Podemos comenzar preguntándonos:

¿Dónde siento esta emoción?

¿Cómo está mi respiración?

¿Qué zonas de mi cuerpo están más tensas?

¿Qué cambia cuando pienso n esta situación?

Prestar atención a estas señales no significa convertir cada sensación en una verdad absoluta. El cuerpo puede activarse ante un peligro, pero también cuando afrontamos algo nuevo, establecemos un límite, nos exponemos a una situación importante o salimos de nuestra zona de comodidad.

Por eso, escuchar el cuerpo no significa obedecerlo ciegamente. Significa reconocer su información, interpretarla dentro de su contexto e incluirla en nuestra reflexión.

Cómo desarrollar la sabiduría corporal

La capacidad de escucharnos puede entrenarse. La meditación nos enseña a detenernos y observar la respiración, los puntos de apoyo y las sensaciones corporales sin reaccionar inmediatamente.

La investigación señala que las prácticas basadas en mindfulness pueden favorecer el desarrollo de la conciencia interoceptiva.

El ejercicio físico nos conecta con el ritmo cardiaco, el esfuerzo, el cansancio y los cambios de energía. Cuando caminamos, corremos o nos movemos con atención, no solo entrenamos nuestros músculos: también aprendemos a percibirnos.

La PNL y la visualización pueden ayudarnos a observar cómo cambia nuestra fisiología cuando pensamos en diferentes objetivos, recuerdos, decisiones o posibilidades.

También el contacto con la naturaleza y los momentos de silencio reducen el ruido exterior y facilitan una percepción más clara de lo que sucede dentro de nosotros.

No existe un único camino. Meditar, respirar, caminar, correr o detenernos durante unos minutos pueden convertirse en formas de recuperar la conexión con nuestro cuerpo.

Volver a escucharnos

Vivimos muy pendientes de lo que ocurre fuera y, en ese ritmo, podemos alejarnos de una fuente de información que siempre nos acompaña: nuestro propio cuerpo.

Desarrollar la interocepción significa recuperar la capacidad de sentirnos, reconocer nuestras necesidades, detectar una emoción y advertir cuándo estamos sobrepasando nuestros límites.

No se trata de vivir pendientes de cada sensación ni de dejar que el cuerpo decida por nosotros. Se trata de incluir su información para comprendernos de una manera más completa. El cuerpo habla mediante ritmos, tensiones, impulsos, contracciones y aperturas. Quizá solo necesitemos detenernos un momento para comenzar a escucharlo.

Instituto Kern
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